Yulia apenas anda con
una flor de papiro en la sien. Lo que va viendo en la calle se va escribiendo
en su cabeza, una oración pagana a la miseria y la belleza de los bancos solos
y los charcos de la calle. Miseria y belleza: reversos de una misma moneda
lanzada al aire y que gira permanente esperando que en la caída la sostenga
algún incauto. A Yulia nadie la interrumpe, nadie la tropieza, nadie la ve,
solo ella se ve en las vidrieras de las tiendas de una ropa que nunca usará.
Andar desnuda es una de sus religiones. Solo ella se ve en los charcos, en el
reflejo de los lentes de algún miope ensimismado que tiene la costumbre de ver
el cielo de noche con la esperanza de conseguir una estrella nueva a la que
nombrar, en el estallido luminoso de un auto cuando el sol se estrella sobre el
capó, o en la punta de los relucientes zapatos de algún viejito a quien le
gusta ver sus pies brillar. Yulia tiende a negarse, no puede hacerse parte de
la masa, su sangre noble se lo impide. Yulia pasa sus manos por las paredes ansiosa
del tacto de las cosas, ávida de hacerse y no hacerse daño. A Yulia nadie le
cree, todos dudan de ella cuando la ven pararse frente a un árbol y fijar sus
ojos en una rama vacía, nadie tiene idea de lo que Yulia espera. Yulia silba,
vuela, nunca pelea. Le duele mucho ser invisible, pero sobre todo que nadie le
regale peluches. A veces se nubla y se los roba, pero nadie persigue a Yulia.
La autoridad también es una ficción. Yulia sabe que esa ficción es necesaria,
sin ella Yulia se hundiría en el pozo. Yulia le teme al pozo. Sus ojos han
visto varias veces el fondo, y lo que hay ahí a Yulia no le gusta. Lo oscuro,
dar el paso a lo oscuro no es caerse, ni perder la luz, es darse cuenta que
nunca has creído en ella. A Yulia le gusta vivir engañada, se sienta en el
banco de una plaza a esperar que alguien le regale una galleta o tal vez un
chocolate. El papiro en la cabeza de Yulia es un jardín dónde hay muchas
flores. El cabello de Yulia huele a jardín. Yulia ha visto al niño llorar y
ella quisiera hacerlo con él, pero la lluvia se le ha ido a Yulia de a poquito.
Además de andar desnuda, a Yulia le gusta vagabundear. La calle es su paraíso
encontrado. Yulia se sabe milagro a voces. Se besa las manos, se huele sus
axilas, escucha atenta su propia respiración. Nunca olvida que pudo ser lechuza
o estrella marina. Yulia a veces no sabe nada de lo que le preguntan, se pasa
la lengua por sus brazos y no sabe a nada, a Yulia le da miedo quedarse ahí
dónde no se encuentra. Que alguien en un acto de fe, por favor, le regale una
galleta o tal vez un chocolate.
1/03/2017
(Del Libro "Los Episodios de Yulia", 2017)
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