Me están comiendo las hormigas, literalmente



Me están comiendo las hormigas, literalmente. Sólo queda de mí un brazo, el dedo gordo del pie derecho  y la parte izquierda de mi rostro. No me pregunten cómo empezó tal cosa, fue como todo lo magnífico: de forma insólita y hermosa. Mi primo insiste en llamarlo Rolando y yo le digo que está equivocado, pero es más terco que el abuelo, ¡no hay manera de corregirlo! En casa parecen confabular todos para hacerme creer que el equivocado soy yo. Por ahí salió otro, pero con un nombre atravesado, delantero de otro país. También lo pronuncia mal y yo entiendo que para él, contradecirme es su modo natural de vengarse. Mi cuerpo cayó como un pesado saco de papas después que una de ellas me picó en el tobillo derecho, hice el esfuerzo por rascarme pero mis abultadas dimensiones provocaron que perdiera el equilibrio. Soy en resumidas palabras, una masa blanca, gelatinosa y algo hedionda acostada en el suelo rindiendo un tributo sensible a la gravedad. Sospecho que además de mis proporciones, las veces que me masturbé contribuyeron a debilitar un poco mis miembros inferiores, lo que inevitablemente provocó que cayera desplomado; ahí me quede. Estas últimas horas no difieren mucho de las anteriores que pasaba frente al computador. Llegaron sin anunciarlo, se fueron sucediendo como una maquinaria infernal, con una velocidad vertiginosa que se apoderó de todo y no me dejó espacio ni para moverme. Comenzaron, un poco para mi sorpresa, por mi papada. Se dieron un verdadero banquete. Se introdujeron en el espacio mínimo que cedían mis chores y eso no me produjo ninguna molestia, sentía un hormigueo corrosivo y desintegrador. En un instante en el que menguaron su ataque constante y agresivo llegaron las arañas, las cucarachas y los ratones para participar de la comida, pero las hormigas hicieron valer su autoridad y en menos de lo que ellas mismas aspiraban hicieron que el resto de las alimañas marcharon asustadas. Al principio no hice ningún esfuerzo por flojera, además de lo vergonzoso y humillante (incluso para mí) que representaba el monumental hecho de levantarme. Sólo extrañaré el porno, el hentai y las teticas de Manuela, mi prima. La miro sólo para no andar acosando carajitas ni molestando a viejas presumidas. De las hormigas no se puede extraer información, sólo chillidos uniformes y continuos que agudizan su matemático comer. Los lentes cayeron muy lejos y ya no tengo ni brazos para alcanzarlos ni ojos para usarlos. La desintegración ha sido lenta, sutil y dolorosa. Una muerte poética: comido por hormigas. Ya sólo queda de mí la parte izquierda de mis labios y el dedo gordo del pie, creo que no se lo han comido por el sabañón. Por lo menos este día se convirtió en un holograma diferente. A pesar de mi paulatina desaparición he sentido compañía por primera vez. Con lo que me queda de cuerpo dibujo una mueca que aspira a sonrisa, signo que presagia el momento postrero de mi total desaparición, instante en el que desde la muerte me jactaré de una imagen auténtica: la reproducción de un cuadro en naturaleza muerta donde se expone una montaña de hormigas que en un ritual antropófago comienzan a devorarse a sí mismas presas de la desesperación por no tener nada más que comer.
(Del Libro "Alguien escribe esta página", 2012)

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