Mi cuerpo en el río


Manos mojadas
por el agua clarita que trae la corriente
los mosquitos se oponen
son mi academia.

Los felices me piden que sea feliz,
los libres que sea libre.

¿Y cómo serlo?
si mi padre no duerme
a mi madre se le hinchan los pies
y a mi hermana se le está yendo la alegría de a poquito.

¿Y cómo serlo?
si me despierto con la única ambición de vivir la aventura
de salvarlos a todos ellos de este mundo podrido que los consume,
de darles todo lo que no he podido por ingenuo
de entregarles todo lo que no he sabido por soñar.

Manos mojadas
cuerpo temblando
el agua del río es a veces más fría que la de la ducha,
pero uno termina aclimatándose a todo.

Sea feliz declara la cartilla autoayudosa de los amigos,
sea libre reza la oración de los infames.

¿Y cómo serlo?
si soy como un niño torpe que camina sobre el río y se cae,
si la melancolía es condición terrible
de los que nacimos bajo el signo de creernos dueños de la ternura.

Manos mojadas
mi cuaderno a punto de ahogarse
de ser arrastrado por la corriente
y borrado por la lluvia que no cae,
pero cómo amenaza.

Sea feliz y buen ciudadano,
hombre correcto,
amante de los animales.

¿Y cómo serlo?,
si dormir es la forma más vil que tengo de traicionar a mi padre.
La culpa como oración antes de acostarme.

Somos agua de río,
y mis manos mojadas,
y mi cuerpo temblando
anuncian una resignación
con la que abriré caminos jamás antes descubiertos.

Que nadie se arrepienta en este valle de estambre.
Que nadie se arrepienta en nuestros cielos ardidos.
Que nadie se arrepienta de esta jauría de mosquitos
que lucha con mis ojos sin tregua para que no escriba.

Que nadie se arrepienta
padre mío,
madre mía,
hermana mía,
que nunca nadie los obligue a arrepentirse de sus risas o sus sonrisas.

Quise haber nacido superhéroe,
pero las manos me tiemblan
mi cuerpo tiembla en el río
y  todavía no doy con el lugar
donde me escondieron la capa.

a Tere, Sonia e Igor.

(Del Libro "Quisiera haber nacido superhéroe", 2016)


La Niña Escondida


cuando tenía nueve años
me perdí en las llanuras blancas de la página,

la primera palabra dibujó el montículo,
la segunda el cactus
y así sucesivamente,

detrás de ellas
una niña pequeña se ocultó
me invitó a jugar,
decía trabalenguas complicados
que poco a poco empezaron a confundirme,

hasta ahora no he podido ver su rostro

apenas su sombra detrás de la puerta

de tanto buscarla
me agoté,

antes de que mis ojos
se cerrarán por el cansancio
ella me besó la frente, el pecho y las manos,
comenzó a cantarme
en un idioma desconocido
y conocido a la vez,

lleva velo
y el tacto de sus labios no es ni frio ni caliente,

desde ese día
me muevo en un territorio extraño,

en la suerte de mi condición de anfibio
sonrío
entre el vuelo y el aterrizaje
sigo buscándola,

para descifrar la canción
convertir el desierto en bosque
y así poder encontrarme.

(Del Libro "Por los caminos de Nairobi", 2016)

I



En el cuenco del azar
los abrazos tenues
nunca se dieron
se tiñeron de sangre
se cubrieron de aceites humeantes
y en un impulso irrisorio
por sujetarlos en la memoria
me expuse
y los transeúntes se burlaron
me observaron impávidos
hasta que sonaron los goznes
de una puerta torturada y sola.


(Del Libro "Los Abrazos Tenues", 2012)

Exigencia



Que si ando con la ropa sucia
& no me cambio el bóxer desde hace cinco días
& eso no me avergüenza

que si no digo buenas días tardes noches madrugadas vibras vidas
& paso por descortés luego de un título en la docencia que ni siquiera estorba

que si no respeto autoridades inventadas o forzadas por la circunstancia
& paso por desubicado o insolente

que si mi poesía solo la lee adri
& eso porque a veces necesita uno de un eco
para ser reconocido en existencia propia
que sí
que mis padres me aman
pero resulta que esa es la lección de infancia que más me ha costado aprender

que si he sido malagradecido
infiel
déspota
egoísta
& por ahí siguen los tiros
lo asumo todo

pero háganme un favor
váyanse todos al infierno
& déjenme en paz
yo esperaré mi turno en la parada paciente
fumándome un cigarro
& pensando en las piernas de la mujer que amo.



(Del Libro "El Beso del Erizo" , 2015)

V(poema)




 En la garganta de los otros hay un cementerio de palabras no dichas
Cadáveres del lenguaje que mueren antes del grito
Ellos han impedido el ascenso
Se entienden sabios porque callan
En la garganta de otros hay un olvido
Que nadie todavía sabe nombrar.




(Del Libro "Autismo Santo", 2015)


1 Flor de Papiro



Yulia apenas anda con una flor de papiro en la sien. Lo que va viendo en la calle se va escribiendo en su cabeza, una oración pagana a la miseria y la belleza de los bancos solos y los charcos de la calle. Miseria y belleza: reversos de una misma moneda lanzada al aire y que gira permanente esperando que en la caída la sostenga algún incauto. A Yulia nadie la interrumpe, nadie la tropieza, nadie la ve, solo ella se ve en las vidrieras de las tiendas de una ropa que nunca usará. Andar desnuda es una de sus religiones. Solo ella se ve en los charcos, en el reflejo de los lentes de algún miope ensimismado que tiene la costumbre de ver el cielo de noche con la esperanza de conseguir una estrella nueva a la que nombrar, en el estallido luminoso de un auto cuando el sol se estrella sobre el capó, o en la punta de los relucientes zapatos de algún viejito a quien le gusta ver sus pies brillar. Yulia tiende a negarse, no puede hacerse parte de la masa, su sangre noble se lo impide. Yulia pasa sus manos por las paredes ansiosa del tacto de las cosas, ávida de hacerse y no hacerse daño. A Yulia nadie le cree, todos dudan de ella cuando la ven pararse frente a un árbol y fijar sus ojos en una rama vacía, nadie tiene idea de lo que Yulia espera. Yulia silba, vuela, nunca pelea. Le duele mucho ser invisible, pero sobre todo que nadie le regale peluches. A veces se nubla y se los roba, pero nadie persigue a Yulia. La autoridad también es una ficción. Yulia sabe que esa ficción es necesaria, sin ella Yulia se hundiría en el pozo. Yulia le teme al pozo. Sus ojos han visto varias veces el fondo, y lo que hay ahí a Yulia no le gusta. Lo oscuro, dar el paso a lo oscuro no es caerse, ni perder la luz, es darse cuenta que nunca has creído en ella. A Yulia le gusta vivir engañada, se sienta en el banco de una plaza a esperar que alguien le regale una galleta o tal vez un chocolate. El papiro en la cabeza de Yulia es un jardín dónde hay muchas flores. El cabello de Yulia huele a jardín. Yulia ha visto al niño llorar y ella quisiera hacerlo con él, pero la lluvia se le ha ido a Yulia de a poquito. Además de andar desnuda, a Yulia le gusta vagabundear. La calle es su paraíso encontrado. Yulia se sabe milagro a voces. Se besa las manos, se huele sus axilas, escucha atenta su propia respiración. Nunca olvida que pudo ser lechuza o estrella marina. Yulia a veces no sabe nada de lo que le preguntan, se pasa la lengua por sus brazos y no sabe a nada, a Yulia le da miedo quedarse ahí dónde no se encuentra. Que alguien en un acto de fe, por favor, le regale una galleta o tal vez un chocolate.                                                        
1/03/2017

(Del Libro "Los Episodios de Yulia", 2017)

Me están comiendo las hormigas, literalmente



Me están comiendo las hormigas, literalmente. Sólo queda de mí un brazo, el dedo gordo del pie derecho  y la parte izquierda de mi rostro. No me pregunten cómo empezó tal cosa, fue como todo lo magnífico: de forma insólita y hermosa. Mi primo insiste en llamarlo Rolando y yo le digo que está equivocado, pero es más terco que el abuelo, ¡no hay manera de corregirlo! En casa parecen confabular todos para hacerme creer que el equivocado soy yo. Por ahí salió otro, pero con un nombre atravesado, delantero de otro país. También lo pronuncia mal y yo entiendo que para él, contradecirme es su modo natural de vengarse. Mi cuerpo cayó como un pesado saco de papas después que una de ellas me picó en el tobillo derecho, hice el esfuerzo por rascarme pero mis abultadas dimensiones provocaron que perdiera el equilibrio. Soy en resumidas palabras, una masa blanca, gelatinosa y algo hedionda acostada en el suelo rindiendo un tributo sensible a la gravedad. Sospecho que además de mis proporciones, las veces que me masturbé contribuyeron a debilitar un poco mis miembros inferiores, lo que inevitablemente provocó que cayera desplomado; ahí me quede. Estas últimas horas no difieren mucho de las anteriores que pasaba frente al computador. Llegaron sin anunciarlo, se fueron sucediendo como una maquinaria infernal, con una velocidad vertiginosa que se apoderó de todo y no me dejó espacio ni para moverme. Comenzaron, un poco para mi sorpresa, por mi papada. Se dieron un verdadero banquete. Se introdujeron en el espacio mínimo que cedían mis chores y eso no me produjo ninguna molestia, sentía un hormigueo corrosivo y desintegrador. En un instante en el que menguaron su ataque constante y agresivo llegaron las arañas, las cucarachas y los ratones para participar de la comida, pero las hormigas hicieron valer su autoridad y en menos de lo que ellas mismas aspiraban hicieron que el resto de las alimañas marcharon asustadas. Al principio no hice ningún esfuerzo por flojera, además de lo vergonzoso y humillante (incluso para mí) que representaba el monumental hecho de levantarme. Sólo extrañaré el porno, el hentai y las teticas de Manuela, mi prima. La miro sólo para no andar acosando carajitas ni molestando a viejas presumidas. De las hormigas no se puede extraer información, sólo chillidos uniformes y continuos que agudizan su matemático comer. Los lentes cayeron muy lejos y ya no tengo ni brazos para alcanzarlos ni ojos para usarlos. La desintegración ha sido lenta, sutil y dolorosa. Una muerte poética: comido por hormigas. Ya sólo queda de mí la parte izquierda de mis labios y el dedo gordo del pie, creo que no se lo han comido por el sabañón. Por lo menos este día se convirtió en un holograma diferente. A pesar de mi paulatina desaparición he sentido compañía por primera vez. Con lo que me queda de cuerpo dibujo una mueca que aspira a sonrisa, signo que presagia el momento postrero de mi total desaparición, instante en el que desde la muerte me jactaré de una imagen auténtica: la reproducción de un cuadro en naturaleza muerta donde se expone una montaña de hormigas que en un ritual antropófago comienzan a devorarse a sí mismas presas de la desesperación por no tener nada más que comer.
(Del Libro "Alguien escribe esta página", 2012)

La soga


El atormentado mira la soga y todas las preguntas trascendentales le atraviesan la mente y el espíritu como dardos envenenados. Escucha en la radio el reporte del tiempo y sonríe irónico porque hoy será un día nublado, un día perfecto para morir. Casi sin encontrar respuesta y algo confundido recibe la luz del absurdo de que suicidarse a tan temprana edad es un sacrilegio, un verdadero horror. Piensa en mamá y su dolor inconsolable y se siente culpable de haberlo deliberado. Baja de la silla, intenta salir y la puerta está cerrada con llave y no recuerda haberlo hecho al entrar. Busca la llave en todos los rincones del cuarto y no la consigue. Comienza a desesperarse. Mira la ventana y le parece una opción posible hasta que se asoma y entra en cuenta de que está en un tercer piso y saltar no iría con la decisión tomada en último momento. Siente que algo le sujeta los pies, los sacude pero ya la soga le sube por la cintura como una enredadera que llega hasta su cuello y luego se amarra de la viga del techo sin que sus esfuerzos por zafarse tengan el más mínimo éxito. Sus piernas dan sus últimos pataleos.

Afuera las nubes se dispersan y el vecino del edificio de enfrente sale a lavar su carro mientras escucha una música estridente que viene de un país cercano, sin percatarse que a muy pocos metros acaba de perpetrarse el primer asesinato sin culpable. En este país y creo que en el resto del mundo no se puede juzgar a una soga.


 (Del Libro "El vestidor de Santa Bárbara", 2014) 

No juegues con el ogro


-No entres a nuestro cuarto que ahí no hay ningún juguete, ahí se esconde el ogro y si entras y nosotros no estamos te comerá.
Marianita no recordaba cuantas veces su mamá le había hecho esa advertencia. Lo que si sabía recordar era que mientras más se lo impedía ella más ansiaba crecer y poder alcanzar el tarro que estaba encima de la nevera dónde escondía la llave. Había probado con casi todas las sillas de la casa que ella sola podía mover. Como le estaba también prohibido salir de casa desde que sus ojos se abrieron, no había visto otros rostros más que los de sus padres y los de la televisión. No hablaba porque no le apetecía. No había rincón de esa pequeña casa que ella no conociera. En la oscuridad de ciertos rincones abandonaba algunos juguetes con el propósito de que alguno de sus padres se tropezara y se cayera y notaran así su presencia en la casa. Pero eso no pasaba nunca y cuando papá confundía u olvidaba su nombre Marianita se sentía como un fantasma. Observando el tarro encima de la nevera decidió intentarlo con el palo del cepillo de barrer. Esta vez lo pudo hacer y el tarro cayó del lado de la alfombra provocando un sonido seco. Al sacar las llaves Marianita gritó de alegría pero nadie la escuchó. Fue al cuarto de sus padres y al abrir la puerta donde estaba el ogro un fuerte olor a metal y pólvora invadieron su pequeña nariz. Caminó directo al clóset y al revisar todas las gavetas que estaban a su alcance descubrió armas de todos los calibres. Cuchillos, espadas, metralletas, revólveres, pistolas en cuyo brillo pudo ver su rostro sorprendido. Mientras Marianita jugaba con un revólver pequeño y cromado, su mamá llegó y al ver la puerta de su cuarto abierta corrió desesperada por la niña. Al entrar descubrió que la Marianita apuntaba directamente hacia la puerta. La niña estaba molesta de que le escondieran tantos juguetes lindos y brillantes. Sus papás eran unos mentirosos. Su dedo apretó. Pum.

7/06/2017
(Del Libro "¿Quién viste al rinoceronte?", 2017)


Maneras de irse


Hay maneras de irse de la casa
cuando ya no graznan los cuervos en el techo,
la adolescente que espiabas por la ventana de tu cuarto es madre de tres hijos
y ya no es adolescente.

Cuando de las paredes caen los afiches
que una vez pegaste con fervor,
y cuando la azotea
ya no es refugio para fumar cigarros mientras leías mensajes
en las estrellas del cielo nocturno.

Cuerpo suspendido en el espacio
que recoge los restos del voyager para construir una casa
en la nada sideral.

Hay maneras de irse de la madre
taparse los oídos para no escuchar más
esa canción de cuna que nos adormece,
pisar firme para que el temblor no nos traicione,
ocultar los miedos en las esquinas,
besar las manos de ella,
pedir la bendición y despedirse.

Cuerpo confundido y mutilado en las calles de Nairobi.

Hay maneras de irse del padre
callar hasta que duela,
no derrumbarse,
y rezar mucho
para que el Pegaso del sueño se lo lleve lejos
muy lejos,
a un valle silencioso y tranquilo donde pueda dormir.

Cuerpo acribillado en las favelas
sangre a borbotones brotando de los agujeros
marcando su herencia en las aceras.

Hay maneras de irse de los amigos,
no visitarlos nunca,
hacer de cuenta que no existen,
olvidar sus nombres
y solo llamarlos en días festivos
o en casos de estricta emergencia.

Cuerpo sin mortaja en algún hospital yemení
ve su corazón elevarse mientras rueda por las escaleras
y se vuelve alimento para los chacales hambrientos.

Hay maneras de irse del dolor
no resistirse,
ahogarse con él,
jugar con él,
y luego subir los brazos para surgir
con la dignidad intacta
y el rostro clarito.

Cuerpo amado en los jardines de los campos elíseos.

Hay maneras de irse de sus templos
no gritar más groserías,
no marcar más doble pasos o lanzar triples,
pero hay una verdad esencial:
los asesinos siempre volvemos al lugar
de nuestro primer crimen.

Cuerpo entregado a Suzanne en medianoche y al amanecer.

Hay maneras de irse de la vida sin morir
salir del cuerpo,
dejar que fluya el espíritu en el rio
recostado en los brazos de Oshun,
sin destino
sin hogar
sin uno mismo.

 (Del Libro "Quisiera haber nacido superhéroe", 2017)

La Cuerda


La cuerda se tensa
cada quien en su propia dirección
jalando hacia sí mismo,

en el punto medio

                    el amor

duelo de dos pulsos que tiemblan.

(Del Libro "Por los caminos de Nairobi", 2016)


Obituario


Leer el periódico
atormentar al señor de barba larga y mirada impasible de  la plaza
buscando un consuelo que nadie te dará
porque tu amigo ya no sale en deportes
ni en la página de cultura
ahora solo es un obituario que se repetirá hasta el noveno día
y luego habrá que esperar un año entero
para volver a ver una foto suya en el diario del pueblo.

Leer el periódico
dejar que los ojos se te cierren por el exceso de polvo
y las inmensas ganas de llorar
darte cuenta que el señor se ha ido con su barba larga y blanca a comprarse un café
te ha mirado feo porque está cansado de escuchar a tanto  loco por la calle.

Leer el periódico confundido e indefenso
 permitirle a la memoria que construya su sinfonía única
escucharla atento sobre los bancos de esta plaza
templo en el que  muchas veces compartiste casettes
de Proyecto Uno y la Corte Imperia.

Leer el periódico
asumir la derrota de lo que creemos que nos arrancan de  raíz
pero no se va nunca
subir las cuestas que te faltan
mirar hacia arriba
descubrir que tu amigo te aguarda
es mucho más que una fotografía impresa en un periódico local
quieres devolverte porque se te ha olvidado la radio
y no lo consigues
la sonrisa que se dibuja en su rostro
es la cárcel que estabas esperando.


(Del Libro "Los muertos también aman", 2015)

A big fish


Me cago en tu título de consagrado
me marcho al otro lado del estante
para andar al revés

cansado de que estés cansado
de nuestros be(r)zos mal ez/cri/toz
de nuestras metáforas maldiseñadas
de nuestro “insolente irrespeto por la palabra”

digo

la poesía nació para ser cogida
 
                        no santificada.


(Del Libro "El Beso del Erizo", 2015)

Las sábanas de Baltasar Amed


El abuelo se escondía cada vez que escuchaba la voz del viejo Baltasar Amed pregonando sus sábanas de colores y sus almohadas de plumas. Que porqué, porque mi abuelo era su único amigo, el único con el que podía hablar. Y el abuelo ya estaba cansado de escuchar la misma historia de su viaje desde Palestina. En el fondo no le creía, nadie puede llegar de tan lejos en unas simples sábanas. Además de que todo lo que nos contaba parecía sacado de un libro de cuentos, su vida, según él, había sido más fascinante y fantástica que cualquier película. A mí sí que me gustaba escucharlo, sólo que a veces sus vuelos maravillosos eran tan altos que yo sentía miedo de que en cualquier momento saliera volando por la ventana. Un día antes de que al abuelo le tocara su viaje al cielo, Baltasar Amed nos visitó. Él también estaba un poco triste. Le dijo algo al abuelo al oído que yo no pude escuchar bien y que trataba sobre un perdón o algo así. Le dejó luego una sábana azul marino a su lado y se despidió. Yo salí a acompañarlo hasta el porche y vi con mis propios ojos cómo dejó que todas sus sábanas volaran, llevadas por el fuerte viento hasta las alturas  del cielo. Con sus telas multicolores las subieron y subieron hasta cubrir las nubes de diferentes tonos. El viejo Baltasar sujetó una amarilla, muy escandalosa, con la que despegó confundiéndose con el sol y perdiéndose de mis ojos. Nunca más lo volví a ver. Entré de nuevo a la casa. Un tanto ansioso busqué a mi abuelo para contarle y cuando atravesé la puerta de su cuarto lo encontré vacío y sin la sábana. Una nota encima del edredón era el único vestigio que quedaba de él, la nota decía así: cuando me extrañes mira el cielo, cada nube azul marino que veas son mis ojos que no se separarán de ti hasta que consigas tu propia sábana, nunca lo olvides. Estas palabras me sorprendieron, pero no mucho.

(Del Libro "El hombre del Paraguas", 2012)

I


Todos escribimos el mismo poema.
David Meza.



Despego mis ojos del papel
Y alguien quiere llevárselos
Me quedo sin ojos
Los levanto y  los huecos sienten el viento
Entrando a mi cráneo
Su rugido en la cueva se cuela en mí
Canta
Suave canta y yo bailo ciego
Alguien quiere llevarme a otro lugar
Mi fe lo impide
Viajo solo
Callo siempre
Despego mis manos de la noche
Alguien quiere dejarme sin luz
La música en mí se resiste
Quiere salir en un instrumento nuevo
Inventárselo
Percusión
Cuerda
Viento
Entelequias
Mis manos arden
La quemadura afea mis dedos
Las costras duelen
Y yo me lavo las manos en el mar
La sal oxida
Mis manos siempre han sido buenas
Para tocar a la mujer del otro
Autismo santo
Partícula a partícula
Me integro
En las paredes de piedra de esta cueva
Soy el musgo
La mancha heredada
El guijarro contando su historia
Gritando su mensaje
Nada está oculto para mí
Soy la sed de las piedras y no sudo
Soy el lamento de las piedras
Que quisieron alas
Ellas sienten nostalgia del cielo
Soy la impaciencia de la piedra
Esperando un viaje de regreso
Quiero estrellarme en las paredes
Convertirme en polvo
Y pertenecerle al viento
Estoy cansado del sol que no llega
No hay quien pueda lanzarme
Estoy solo
Soy una piedra solitaria
Apenas crujido en el arrastre
Me entrego al tiempo
Pero esta cueva me alimenta
Del gran techo caen otras piedras
Que no tienen donde morir
Alguien pisa arriba
Y ellas tocan el piso
Lo despiertan para que llame a la luz
Me quedé ciego de tanta piedra adentro
Me quedé ciego de tanta estrella adentro
Triste historia que no debería contarse
Estar solo en esta cueva
Sin calor
Sin frío
Sin mí viajando en el eco
Adherido al piso
Mi espalda sufre la fiebre
Mi cabeza se agita
En mi nariz la arena levanta castillos
En mis oídos los insectos forjan su casa
En mis cuencas vacías el musgo erige monumentos a un Dios terrible
Que me muerde el cráneo intentando curarme
Pero soy piedra
Y estoy cansado de escuchar a las otras piedras llorar.


(Del libro "Autismo Santo", 2015)

¿Quién viste al Rinoceronte?

Lo peor no es que sea negro y gordo, lo peor es que el vecino sabe para qué lo llaman tan temprano y no atiende. Prefiere que los transeún...