¿Quién viste al Rinoceronte?


Lo peor no es que sea negro y gordo, lo peor es que el vecino sabe para qué lo llaman tan temprano y no atiende. Prefiere que los transeúntes se esperen, sigan avergonzándose y yo tenga que despertarme casi todos los días dos horas más temprano de lo debido. Más de uno de los inquilinos le hemos recomendado cerrajeros, fabricantes de candados, que se mude o que sencillamente la ropa que use se la busque más resistente. Pobre vecino, la verdad no quisiera estar en sus zapatos. El otro día vi en Facebook un grupo que se declaraba amigo del rinoceronte y que abogaba por mudarlo a algún zoológico donde sus embestidas inusuales y sus erecciones azarosas no atormentaran a nadie.
La complicación está en lo trabajoso que es vestir al rinoceronte. Todos lo miran, se ríen, se horrorizan, pero ninguno es capaz de quedarse con mi vecino para vestirlo. Yo lo intenté par de veces , pero no pude. Además de paciencia debes soportar los lengüetazos que te pasa por la cara como si fuera un perro o su insistente cuerno queriendo entrar por donde menos uno se imagina.  Por lo menos una hora suena su teléfono y si no voy yo o el conserje a tumbarle la puerta a patadas él no despeja sus oídos de los auriculares, nunca nos habla y por eso nadie se ha atrevido a preguntarle por qué tiene un rinoceronte de mascota. Los de la Sociedad Protectora de Animales vinieron hace unos meses y aseguraron que el rinoceronte está mejor con el vecino que lo que puede estar en una reserva de la ciudad. En el edificio no hay nadie que no lo odie y no es bonito despertarse todos los días con el repique de un teléfono ajeno. Al asomarme por la ventana veo que el tráfico está paralizado porque el rinoceronte decidió cagar en medio de la calle.
No me aguanto, ¿cuánto habrá que esperar ahora? Le doy diez golpes sucesivos a la puerta del vecino y este no sale. Bajo a buscar  al conserje y ambos pateamos la puerta. Niños sorprendidos lloran por ser la primera vez que ven a un rinoceronte negro y grande. El panadero de la esquina tuvo que cerrar porque el olor de la cagarruta estaba impregnándolo todo en su establecimiento. La limpieza municipal no llega y el vecino no abre  ni contesta. Le tumbamos la puerta, literalmente, y el conserje se asusta. Invasión a la propiedad privada. ¿Cómo lo vamos a justificarlo? La sala está incomprensiblemente ordenada, en el balcón se ven las correas del rinoceronte. En la cocina hay leche hirviendo y cuando decido pasar al cuarto del fondo que está abierto  me encuentro con una niña de cinco años que está dormida abrazando a un peluche en forma de rinoceronte negro y a su lado un sobre blanco, abro el sobre y la nota del interior dice: “Vecino, hoy y mañana no podré dormir en casa, no encontré a nadie que me vistiera el rinoceronte, por favor hágalo usted y yo cuando llegue le pago. Ah, y no se preocupe por Claudia, ella sabe cuidarse sola”.

(Del Libro de Relatos "¿Quién viste al rinoceronte?", 2017)


Poema interrumpido (poema)


Poema interrumpido en el sexo de la noche. Negado a la alegría voy calmando el trote. Siempre hijo absoluto de los malos presagios. Poema acuchillado en el estómago del río. Mi madre insistió siempre en sacarme las piedras de la boca pero yo seguía armando el muro. Jaula imposible en mi garganta. Niño amargado en las fiestas. Puerto cerrado al vuelo de los ángeles que me rodearon. Nunca he custodiado el vuelo de nadie. Atadura. Siempre atadura. Quiere perdonarse y no lo dejan.  Quiere redimirse y abrir los brazos a su próximo candor. Poema interrumpido por el bostezo de un brujo. La palabra mágica en mis días de infancia fue,

NO
un no cerrado en la vigilia y el sueño,
NO rotundo,
NO de dientes rotos y encías llenas de sangre.
Dicen mamá y papá que nunca he tenido más voluntad y convicción que cuando fui pequeño. Nadie más que yo mismo ha sabido negarse el cielo tantas veces. Implacable juez en los amaneceres en los que estoy solo,
sin presente
sin pasado
sin tiempo,
como un poema abandonado a la suerte del asfalto. Ay, cada payaso con su tristeza, dicen mis magos. Yo aborrezco sus mensajes. Todos los lechos me fueron esquivos menos uno y no supe levantarle un altar.

Poema forzado por la deuda con la página, mi deuda con el mundo nunca será saldada. Poema clarito como el café que bebo para calmar el hambre,
sales al frente a dar el primer golpe,
derrumbas el castillo,
los más cercanos se mueven para no ser golpeados por los escombros.


Con el alma enardecida. El candor emancipado. Le abres el pecho al día para que entre el sol. Desde mis ojos en resplandor. Desde mi garganta brillante mi voz le habla a la vida. Poema interrumpido por el ascenso del aire que sale de mis pulmones. Respiro.

(Del Libro "Quisiera haber nacido Superhéroe", 2016)



Rata no ratón de biblioteca


El ratón hurga con sus narices los olores de la sala
la rata se echa un peo & espera las reacciones para estallar la risa.

El ratón saluda a todos los habitantes del vacío
&la rata aguza el oído pa` coger unos datos
de un parley que no jugará por limpio.

Los ratones sienten culpa
& las ratas no lo piensan dos veces pa doblar un Ramos Sucre
& encaletárselo como si fuera un 38.

Los ratoncitos bibliofílicos
librofílicos
llenan sus mañanas
o sus tardes con el silencio de la sala
para que mamá & el mundo digan
“¿tú sabes quien lee? Ese carajito”
las ratas le entregamos el peso del cuerpo a la desidia
pateamos las sillas incómodas de tanta abulia
& nos sentamos en el piso
a prender un marlboro con las cucarachas fumadoras.

Los ratones no despegan sus ojos infelices
de las hojas de su cuaderno igual de infeliz
las ratas nos buceamos a la encargada del pantalón verde
& nos imaginamos que mordemos sus pezones
mientras estallamos sobre la mesa en un orgasmo místico.

Los ratones vienen con regularidad,
son amigos de todos
las ratas venimos pa` evitar que
Le Chat ennuyè nos atrape.

No podría ser nunca un ratón de biblioteca
soy una rata que se distrae de la calle
& entra
pa´ drogarse con olores viejos
& sacudirte
siempre por primera vez
                                         
Todos los estantes.

 (Del Libro "El Beso del Erizo" 2015)


El viejo de la camioneta negra



El viejo de la camioneta negra  me mira a los ojos
y entristecido me pregunta
por qué no lloro
que con tanto muerto encima
por qué el llanto me es esquivo
me rehúye y no me deja con los ojos arrugados.

El viejo de la camioneta negra
tiene un rostro  desconocido
que se parece al de un tío que conocí cuando pequeño
pero que nunca más volví a ver por culpa de la muerte
tan mal agradecido soy con la vida que sólo le pedí la bendición un par de veces.

El dolor coge la acera de enfrente cuando se pierde el hábito de llorar.
El dolor se monta en los buses de uno cuando recuerdas que la memoria no basta.
Mis santas ya casi no me escuchan
me han pedido una tregua agotadas de tanto lamento.

Ese mismo viejo ve que se me caen los pantalones
y me pregunta algo burlón y sacrílego
por qué estoy tan flaco
por qué los brazos no me rinden
para empujar la camioneta
que si no estoy comiendo como es
o lo que como no me abarca el cuerpo.
El viejo de la camioneta negra llega hasta mi casa
me acompaña desde la infancia
yo lo despido siempre en la puerta del cuarto
si lo dejara entrar
lloraría.

(Del Libro " Los Muertos También Aman", 2015)



XII solo diré movimiento



adentro

mi cuerpo estático no es un planeta, pero casi
dentro transita la sangre en las arterias
músculos se estiran y se encogen
flujos gástricos viajan
el agua forja su armadura
y los órganos nunca descansan
un corazón marcando el paso
unos pulmones conjugando un verbo amnésico
mi cuerpo estático es una estrella

afuera

autos van y vienen
con gente adentro
queriendo llegar
queriendo irse
buscando
siempre buscando:
el beso
el abrazo
el oído
la piel
el ojo
la nariz
la boca
que los confirme,


(hay quienes lanzan la piedra en el estanque y esperan
hay quienes no saben a dónde se han ido las piedras)


arriba

el día se transforma en noche y la noche en día

manijas taladran nubes que llueven estrellas
millones de galaxias sin nombrar y sin mostrar su nacimiento
planetas vagabundeando su alegría
tejiendo una memoria que todavía no alcanzamos
cometas y asteroides danzando en su vasto océano cósmico
devenir oscuro al que no asistimos


abajo

las grietas de una piel quejándose
vibración tectónica de una madre perdonando
epidermis que sangra y late un pasado
que nos estalla en la cara y en los dedos

aquí

el instante da su salto invisible
hacia la nada y el todo

me muevo y giro
todo baila en mí y a mi alrededor
mi cuerpo firma su entelequia afuera
sobre los pliegues de una sábana gastada
donde otros duermen


solo diré movimiento

mis labios ascienden cuando la pienso respirando bajo el mandato de otro cielo

beso que no amanece todavía, vida que huye en dos miradas que se buscan.

(Del Libro de poemas "Autismo Santo", 2015)

El hombre del paraguas


                       
Por estos lares la lluvia es algo así como un milagro y siempre creímos que de tanto rezar por unas cuantas gotitas Dios obligaba a los ángeles a llorar por nosotros. Caía sin avisar una vez al año. La sequía nos invadía y las grietas se abrían en la tierra como otras bocas que respiraban desesperadas. Por ello fue que cuando lo vimos supimos inmediatamente que no era de por aquí.  ¿Quién se puede dar el lujo de sacar un paraguas en pleno aguacero?
Todos creímos que lo hacía por pura malicia. Si hasta el viejo Pancho Gutiérrez abría la boca como nosotros los niños para recibir las gotas caídas del cielo, a quien se le ocurriera no mojarse con el milagro definitivamente no era de por aquí.  Cuando llovía, nadie se quedaba dentro de casa,  era casi una ley salir a bañarse y brincar sobre los pozos que recién se formaban. Cada quien llevaba su recipiente para guardar el agua (baldes de todos los tamaños y botellas de plástico de todos los colores), y entre los mayores del pueblo destapaban el gran tanque que nos aseguraba un año más de espera.
 Por eso al verlo aparecer nos sentimos indignados. Llegó por la calle principal del pueblo y se paró en medio de esta cuando empezó a llover y sacó su paraguas. Lo increpamos con gritos e insultos pero el hombre del paraguas mantenía una actitud misteriosa e imperturbable. De un momento a otro se puso bajo techo en la parada y todos reímos porque cuando llueve hasta los choferes de bus se bañan con nosotros y lavan los carros. Él, como que no nos entendió. Debo confesar que aunque un poco molesto, a mí no me caía tan mal, de hecho hasta su ropa me gustaba. Usaba un bombín negro, levita negra y frac blanco, pantalón negro y unos zapatos de charol muy brillantes, parecía un domador extraviado que venía de tiempos remotos. Había que entenderlo, quizá iba a alguna fiesta y no podía ensuciarse, qué se yo. El paraguas era negro también.
 De tanto deliberar se tomó la decisión colectiva de atacarlo con animales y todo. Nos acercábamos cada vez más, todos gritaban, ¡hasta yo!, pero nadie se atrevía a atacarlo directamente. Él se mantuvo impávido y callado, por un momento creímos que era sordomudo o algo así. Cuando estábamos a pocos milímetros del hombre del paraguas, éste se levantó de la parada y caminó hasta el centro del pueblo donde estaba la plaza. Presos de sorpresa y miedo le abrimos el paso. Desde la plaza sacó un bolígrafo y una libreta y anotó algo. Luego apartó el paraguas y  dejó que la lluvia le bañara el rostro. Lanzó lo que creímos era un conjuro mágico y despegó sin avisar. Todos quedamos perplejos y un gran silencio se apoderó de nuestras voces. Fue cogiendo altura poco a poco hasta perderse en las nubes negras. Nadie sospecha si quiera quien era el hombre del paraguas, pero yo sí. Desde entonces el pueblo entero ya no espera nada más el milagro de la lluvia, también lo esperan a él.
(Del Libro de Relatos "El hombre del paraguas" 2012)

Yaco el quebrantahuesos



Unos amigos me inventaron ese sobrenombre porque era el hijo de la yaque, la puta más reputada y servicial de La curvita. Lo de quebrantahuesos vino después, cuando ya estaba grandecito. De ella, de mi madre supe muy poco porque a los dos años me entregó a mi abuelo. Así que la yaque es para mí, lo mismo que para algunos hombres del pueblo que nunca pudieron coger con ella: una leyenda. Dicen algunos viejos de por aquí que se metían de a tres y hasta cuatro tipos en el cuarto con yaque y todos salían risueños, felices por compartir cama con yaque la licuadora, yaque el helicóptero, yaque la boca e tobo. Esos eran los motes que hicieron de mi progenitora un verdadero ícono, una prócer de los cuerpos sudados, las mamadas más elevadas y los polvos más cósmicos que pudieran haber sentido esos pobres hombres acostumbrados a estar rodeados de sus mujeres, encerrados por vidas simples y amarrados a estas tierras y a estas paredes de bahareque  como presos de una maldición vieja como mi abuelo.

Pero esa  historia, o leyenda de la que según el pueblo y mi abuelo fue mi madre la contaré después. Él nunca habla de mamá, lo avergüenza el tema y yo prefiero no tocárselo para no molestarlo, es mejor así. Fue él quien me enseñó a matar borregos, ovejas, becerros, vacas, chivos y cochinos, creyendo que me hacía un bien. De ahí viene lo de quebrantahuesos, de mi talento precoz en dar palazos mortales y destruir osamentas a tanto animal me ponían en el potrero para matar. Recuerdo que yo era un carricito de apenas 12 años y aparentaba como veinte cuando mi abuelo me empezó en el arte de destrozar cabezas de animales.

Lo primero que me dijo fue que no los mirara a los ojos, porque si no estos me iban a perseguir todo el tiempo y no iba poder dormir. Un día me pidió que le zampara un toletazo a Pancha María, una vaca negra con manchas blancas como las que salen en las propagandas y las películas que era de tío Francisco. Es de hombres decir la verdad, y lo cierto es que tenía mucho miedo y deben saber que el primero de los toletazos es el más difícil. El asunto fue que se me ocurrió hablarle bajito y mirarla a los ojos y lo que vi fue algo peor que la tristeza de un hombre, fuera como si sus pupilas reflejaran la seguridad de que jamás podría ver a sus becerritos, una conciencia de la muerte de la que nosotros nunca seríamos parte. No sé, eso de que los animales no tienen sentimientos lo estoy dudando desde ese día. Dejé caer mi primer intento y la pelé, dudé en levantar el palo otra vez pensando que yo no había nacido para eso, que lo mío era la tierra, los sembradíos de yuca y de auyama. Pero mi abuelo me veía mucho, como preguntándome quien iba hacerlo después que él muriera, su mirada era la confirmación de que heredaría ese oficio.

Me subí bien los pantalones y me quité la camisa y sacando fuerzas, que hasta entonces no sabía que tenía en mi cuerpo de adolescente más bien tirando a joven, casi adulto. Mis brazos sujetaron el tolete y con los ojos cerrados lo deposité entre los ojos de Pancha María y ésta cayó de lado con todo su peso sobre la tierra produciendo un sonido seco, un golpe casi  mudo sobre la tierra pelada. Abrí los ojos y alcancé a ver un reguero de polvo que se levantaba del cuerpo del animal. No vi la sangre ni el gran bulto inerte, para mí no era un orgullo haber matado una  Pancha María de trescientos kilos que luego se comerían gente que vivía en la ciudad.  

Esa semana no dormí, ni la otra, ni la que le siguió a esa, y tampoco la que vino después. Sus ojos me perseguían y mi abuelo me decía que me dejara de tonterías, que Pancha María estaba contenta en el cielo de las vacas y que más bien le había hecho un favor, que me echara un baño mientras él me preparaba un guarapo de valeriana para  hacerme una cura de sueño, a ver si se me quitaba esa cara afantasmada que tenía desde la segunda semana después de mi estreno. Dormí como cuatro días seguidos y el sueño además de ser un gran alivio pareció borrarme el arrepentimiento, pero los ojos del animal nada ni nadie jamás los podrá borrar.

Al final me terminé acostumbrando, e igual mataba terneros que cochinos, cabras y borregos, para mí eran sólo bultos que se movían al llegar y luego del golpe de gracia ya no. Meros sacos de carne, tripas y grasa a los que había que destrozarle la cabeza con un sólo toletazo para el prosperar de la hacienda. Sin embargo, los ojos de Pancha María siempre me acompañaban y yo recordaba la verdad trasmitida, pero sólo por momentos, luego volvía a reiniciar la rutina. A punto de palazo y palazo se fue instalando en mi corazón un frio terrible que nunca más pude sacar. No me importaba nada. Lo hacía todo como si fuera una máquina. Y sólo hasta hoy he decido marcharme, pero eso sí, antes le destrozaré la cabeza a ese viejo loco que me desgració la vida, y que quien sabe si en realidad es mi abuelo. Ya hasta eso lo estoy dudando. Renuncié al sobrenombre, no quiero ser el quebrantahuesos, quiero que me llamen Yaco nada más, o Seferino que es mi nombre natural. Me iré a un pueblo lejano a aprender otros oficios y a buscarme una mujer a ver si se me saca este frio que ya he comenzado a sentirlo en mis manos y en mis pies. Conmigo se irán Pancha María y todos los pobres animalitos que maté. A veces veo sus ojos cuando sueño y me doy cuenta de que la tristeza de los animales está más allá de nosotros, más allá de un simple toletazo.



(Del libro de Relatos "El vestidor de Santa Bárbara" 2017)

¿Quién viste al Rinoceronte?

Lo peor no es que sea negro y gordo, lo peor es que el vecino sabe para qué lo llaman tan temprano y no atiende. Prefiere que los transeún...