En el cuenco del azar
los abrazos tenues
nunca se dieron
se tiñeron de sangre
se cubrieron de aceites
humeantes
y en un impulso irrisorio
por sujetarlos en la
memoria
me expuse
y los transeúntes se
burlaron
me observaron impávidos
hasta que sonaron los
goznes
de una puerta torturada y
sola.
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