El abuelo se escondía cada
vez que escuchaba la voz del viejo Baltasar Amed pregonando sus sábanas de
colores y sus almohadas de plumas. Que porqué, porque mi abuelo era su único
amigo, el único con el que podía hablar. Y el abuelo ya estaba cansado de
escuchar la misma historia de su viaje desde Palestina. En el fondo no le creía,
nadie puede llegar de tan lejos en unas simples sábanas. Además de que todo lo
que nos contaba parecía sacado de un libro de cuentos, su vida, según él, había
sido más fascinante y fantástica que cualquier película. A mí sí que me gustaba
escucharlo, sólo que a veces sus vuelos maravillosos eran tan altos que yo sentía
miedo de que en cualquier momento saliera volando por la ventana. Un día antes
de que al abuelo le tocara su viaje al cielo, Baltasar Amed nos visitó. Él
también estaba un poco triste. Le dijo algo al abuelo al oído que yo no pude
escuchar bien y que trataba sobre un perdón o algo así. Le dejó luego una
sábana azul marino a su lado y se despidió. Yo salí a acompañarlo hasta el porche
y vi con mis propios ojos cómo dejó que todas sus sábanas volaran, llevadas por
el fuerte viento hasta las alturas del
cielo. Con sus telas multicolores las subieron y subieron hasta cubrir las
nubes de diferentes tonos. El viejo Baltasar sujetó una amarilla, muy
escandalosa, con la que despegó confundiéndose con el sol y perdiéndose de mis
ojos. Nunca más lo volví a ver. Entré de nuevo a la casa. Un tanto ansioso
busqué a mi abuelo para contarle y cuando atravesé la puerta de su cuarto lo
encontré vacío y sin la sábana. Una nota encima del edredón era el único
vestigio que quedaba de él, la nota decía así: cuando me extrañes mira el cielo, cada nube azul marino que veas son
mis ojos que no se separarán de ti hasta que consigas tu propia sábana, nunca
lo olvides. Estas palabras me sorprendieron, pero no mucho.
Las sábanas de Baltasar Amed
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