Mamá estaba loca, les juro que no fue
por culpa mía, fue por culpa de papá y de esas pastillas que les recetó el doctor
para controlar sus nervios… cosa imposible, cada vez que las bebía éstos
volaban, salían de sus sienes y nos cubrían a todos de insultos, de gritos y
escupitajos. Cuando papá intentaba acercársele, ella le lanzaba su nervio más
fuerte y poderoso y terminaban en una maraña de empujones, patadas y rasguños
repartidos a diestra y siniestra. Sí, de forma siniestra.
Nosotros nos escondíamos en el cuarto
que había sido de la abuela, a la pobrecita
la mató un cáncer. Yo siempre dije que no había sido eso, que la mataron
los nervios de mamá. Papá se iba temprano y volvía muy tarde en la noche
hediondo a ron y a cigarro barato, siempre fue un misterio para nosotros saber
cómo vivía, de qué se alimentaba, de dónde sacaba la plata. Cuando llegaba
directamente al cuarto de mamá esperaba afuera a que ésta dejara de susurrar
uno de sus tantos monólogos atolondrados. Yo también la escuchaba y le tapaba
los oídos a La Tica para que ella no se enterara de nada. La Tica nunca creyó
que mamá estuviese loca.
Cuando deliraba se le escuchaba decir
“él nos pegaba tazas de peltre calientes
en las teticas que apenas nos salían y nos dejó mochas y que porque le robamos
una plata que tenía guardada en el baúl, y pensar que mamá nos decía que le
pidiéramos la bendición a ese hijo e’ puta que era nuestro padre”.
Al final no hubo manera de ocultarlo
por más tiempo. La vecina se lo dijo todo y papá le reventó la cara a mamá a coñazos
y casi le saca un ojo cuando se enteró
de que La Tica no era hija suya sino de Benancio el sobrino de la señora
Ángeles que vino de Valencia. A leguas se notaba, aquí todos somos negros y con
el pelo teco menos La Tica que salió clareada y hasta con los ojos verdes como
los de su verdadero papá. Ese día me la tuve que llevar para la calle porque yo
tampoco aguantaba el tormento y el sonido seco de la cabeza de mamá golpeando
contra la pared.
Mamá estaba loca, no sé si aún lo
está, lo único que sé es que no debió hacernos ver a papá cuando colgaba de una
viga de la casa. El mecate casi no soportaba su peso pero junto con la viga
parecían elementos redundantes de un ritual más antiguo que nosotros. “La Tica no tiene culpa de nada y tú tampoco
de que ese hijo e’ puta me quemara las tetas y me dejara marcada para siempre”.
A la Tica la guindó con el cable del
ventilador, a mí con la única correa que quedaba del abuelo, antes que se
decida entre el cuchillo o la viga que le sonríen, alguien escribe esta página
que yo dicto después de la muerte mientras la miro dudar.
(Del libro de relatos "Alguien escribe esta página" (2012)
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