El atormentado mira la soga y todas las preguntas trascendentales le
atraviesan la mente y el espíritu como dardos envenenados. Escucha en la radio
el reporte del tiempo y sonríe irónico porque hoy será un día nublado, un día
perfecto para morir. Casi sin encontrar respuesta y algo confundido recibe la
luz del absurdo de que suicidarse a tan temprana edad es un sacrilegio, un
verdadero horror. Piensa en mamá y su dolor inconsolable y se siente culpable
de haberlo deliberado. Baja de la silla, intenta salir y la puerta está cerrada
con llave y no recuerda haberlo hecho al entrar. Busca la llave en todos los
rincones del cuarto y no la consigue. Comienza a desesperarse. Mira la ventana
y le parece una opción posible hasta que se asoma y entra en cuenta de que está
en un tercer piso y saltar no iría con la decisión tomada en último momento.
Siente que algo le sujeta los pies, los sacude pero ya la soga le sube por la
cintura como una enredadera que llega hasta su cuello y luego se amarra de la
viga del techo sin que sus esfuerzos por zafarse tengan el más mínimo éxito.
Sus piernas dan sus últimos pataleos.
Afuera las nubes se dispersan y el vecino del edificio de enfrente sale
a lavar su carro mientras escucha una música estridente que viene de un país
cercano, sin percatarse que a muy pocos metros acaba de perpetrarse el primer
asesinato sin culpable. En este país y creo que en el resto del mundo no se
puede juzgar a una soga.
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