No juegues con el ogro


-No entres a nuestro cuarto que ahí no hay ningún juguete, ahí se esconde el ogro y si entras y nosotros no estamos te comerá.
Marianita no recordaba cuantas veces su mamá le había hecho esa advertencia. Lo que si sabía recordar era que mientras más se lo impedía ella más ansiaba crecer y poder alcanzar el tarro que estaba encima de la nevera dónde escondía la llave. Había probado con casi todas las sillas de la casa que ella sola podía mover. Como le estaba también prohibido salir de casa desde que sus ojos se abrieron, no había visto otros rostros más que los de sus padres y los de la televisión. No hablaba porque no le apetecía. No había rincón de esa pequeña casa que ella no conociera. En la oscuridad de ciertos rincones abandonaba algunos juguetes con el propósito de que alguno de sus padres se tropezara y se cayera y notaran así su presencia en la casa. Pero eso no pasaba nunca y cuando papá confundía u olvidaba su nombre Marianita se sentía como un fantasma. Observando el tarro encima de la nevera decidió intentarlo con el palo del cepillo de barrer. Esta vez lo pudo hacer y el tarro cayó del lado de la alfombra provocando un sonido seco. Al sacar las llaves Marianita gritó de alegría pero nadie la escuchó. Fue al cuarto de sus padres y al abrir la puerta donde estaba el ogro un fuerte olor a metal y pólvora invadieron su pequeña nariz. Caminó directo al clóset y al revisar todas las gavetas que estaban a su alcance descubrió armas de todos los calibres. Cuchillos, espadas, metralletas, revólveres, pistolas en cuyo brillo pudo ver su rostro sorprendido. Mientras Marianita jugaba con un revólver pequeño y cromado, su mamá llegó y al ver la puerta de su cuarto abierta corrió desesperada por la niña. Al entrar descubrió que la Marianita apuntaba directamente hacia la puerta. La niña estaba molesta de que le escondieran tantos juguetes lindos y brillantes. Sus papás eran unos mentirosos. Su dedo apretó. Pum.

7/06/2017
(Del Libro "¿Quién viste al rinoceronte?", 2017)


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