Ichiko estaba frente al espejo de su cuarto acompañada de un
gran cesto de cerezos azules con los que buscaba convertirse en mariposa. Había
pasado días diciéndolo, supo después de meditar varias horas que era mejor
regresar a la naturaleza en forma de insecto que en forma de cenizas. La causa
de su decisión estaba dividida: desde pequeña había adorado las mariposas así
como desde esa misma época su padre abusaba de ella. Estaba cansada de lo
segundo y por eso quería dejar de ser ella misma.
Yajiro, su mejor amigo, le
había recomendado que comiera innumerables cerezos azules, él había leído en un
libro fantástico que le había regalado su abuelo que esa era la vía más fácil
de convertirse en mariposa. Ichiko comía en tandas de 20 a 30 frutas. Pero al
notar que no causaban ningún efecto en ella aumentó la dosis y casi de forma
inmediato su cuerpo blanco, adolescente y firme empezó a cubrirse de vellos. Se
fue encogiendo poco a poco y sus brazos no fueron brazos ni sus piernas,
piernas. Ella pudo ver cómo su cuerpo delineado en curvas delicadas se
transformaba en un tubo rectangular, cuyo acordeón blando la hizo sentir
aprisionada. Sus patas ya no eran cóncavas y su hocico apenas abarcaba tres
cerezos azules. La seda comenzó a cubrirla hasta dejarla envuelta en una ovalada
prisión en la que no podía ni moverse.
Ichiko siempre le tuvo miedo a la
oscuridad. Quiso seguir siendo testigo de su cambio, pero la imposibilidad de
verse había afectado su memoria y comenzaba a olvidarse de todo. La capa de
seda se rompió e Ichiko pudo ver la luz y las flores estivales de su kimono.
Una gran mariposa azul con las filigranas de sus alas llenas de brillo comenzó
a revolotear por la casa. El padre de Ichiko llegaba del trabajo justo en el
momento en el que ella pretendía cruzar por la ventana. Él la miró entusiasmado
y como le pareció tan bonita la atrapó y la guardó en un frasco de vidrio.
Luego buscó a Ichiko por toda la casa para que preparara el almuerzo. Cuando
entró al cuarto de ella solo vio el kimono de flores estivales tirado frente al
espejo y a su lado una cesta en la que se podían ver todavía algunos cerezos azules.
13/05/2107
(Del Libro de relatos "¿Quién viste al rinoceronte?", 2017)
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