El
viejo de la camioneta negra me mira a
los ojos
y
entristecido me pregunta
por
qué no lloro
que
con tanto muerto encima
por
qué el llanto me es esquivo
me
rehúye y no me deja con los ojos arrugados.
El
viejo de la camioneta negra
tiene
un rostro desconocido
que
se parece al de un tío que conocí cuando pequeño
pero
que nunca más volví a ver por culpa de la muerte
tan
mal agradecido soy con la vida que sólo le pedí la bendición un par de veces.
El
dolor coge la acera de enfrente cuando se pierde el hábito de llorar.
El
dolor se monta en los buses de uno cuando recuerdas que la memoria no basta.
Mis
santas ya casi no me escuchan
me
han pedido una tregua agotadas de tanto lamento.
Ese
mismo viejo ve que se me caen los pantalones
y
me pregunta algo burlón y sacrílego
por
qué estoy tan flaco
por
qué los brazos no me rinden
para
empujar la camioneta
que
si no estoy comiendo como es
o
lo que como no me abarca el cuerpo.
El viejo de la camioneta negra llega hasta mi casa
me
acompaña desde la infancia
yo
lo despido siempre en la puerta del cuarto
si
lo dejara entrar
lloraría.
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