Por
estos lares la lluvia es algo así como un milagro y siempre creímos que de
tanto rezar por unas cuantas gotitas Dios obligaba a los ángeles a llorar por
nosotros. Caía sin avisar una vez al año. La sequía nos invadía y las grietas
se abrían en la tierra como otras bocas que respiraban desesperadas. Por ello
fue que cuando lo vimos supimos inmediatamente que no era de por aquí. ¿Quién se puede dar el lujo de sacar un
paraguas en pleno aguacero?
Todos
creímos que lo hacía por pura malicia. Si hasta el viejo Pancho Gutiérrez abría
la boca como nosotros los niños para recibir las gotas caídas del cielo, a
quien se le ocurriera no mojarse con el milagro definitivamente no era de por
aquí. Cuando llovía, nadie se quedaba
dentro de casa, era casi una ley salir a
bañarse y brincar sobre los pozos que recién se formaban. Cada quien llevaba su
recipiente para guardar el agua (baldes de todos los tamaños y botellas de
plástico de todos los colores), y entre los mayores del pueblo destapaban el
gran tanque que nos aseguraba un año más de espera.
Por eso al verlo aparecer nos sentimos
indignados. Llegó por la calle principal del pueblo y se paró en medio de esta
cuando empezó a llover y sacó su paraguas. Lo increpamos con gritos e insultos
pero el hombre del paraguas mantenía una actitud misteriosa e imperturbable. De
un momento a otro se puso bajo techo en la parada y todos reímos porque cuando
llueve hasta los choferes de bus se bañan con nosotros y lavan los carros. Él,
como que no nos entendió. Debo confesar que aunque un poco molesto, a mí no me
caía tan mal, de hecho hasta su ropa me gustaba. Usaba un bombín negro, levita
negra y frac blanco, pantalón negro y unos zapatos de charol muy brillantes,
parecía un domador extraviado que venía de tiempos remotos. Había que
entenderlo, quizá iba a alguna fiesta y no podía ensuciarse, qué se yo. El
paraguas era negro también.
De tanto deliberar se tomó la decisión
colectiva de atacarlo con animales y todo. Nos acercábamos cada vez más, todos
gritaban, ¡hasta yo!, pero nadie se atrevía a atacarlo directamente. Él se
mantuvo impávido y callado, por un momento creímos que era sordomudo o algo
así. Cuando estábamos a pocos milímetros del hombre del paraguas, éste se
levantó de la parada y caminó hasta el centro del pueblo donde estaba la plaza.
Presos de sorpresa y miedo le abrimos el paso. Desde la plaza sacó un bolígrafo
y una libreta y anotó algo. Luego apartó el paraguas y dejó que la lluvia le bañara el rostro. Lanzó
lo que creímos era un conjuro mágico y despegó sin avisar. Todos quedamos
perplejos y un gran silencio se apoderó de nuestras voces. Fue cogiendo altura
poco a poco hasta perderse en las nubes negras. Nadie sospecha si quiera quien
era el hombre del paraguas, pero yo sí. Desde entonces el pueblo entero ya no
espera nada más el milagro de la lluvia, también lo esperan a él.
(Del Libro de Relatos "El hombre del paraguas" 2012)

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