Unos amigos me
inventaron ese sobrenombre porque era el hijo de la yaque, la puta más reputada
y servicial de La curvita. Lo de
quebrantahuesos vino después, cuando ya estaba grandecito. De ella, de mi madre
supe muy poco porque a los dos años me entregó a mi abuelo. Así que la yaque es
para mí, lo mismo que para algunos hombres del pueblo que nunca pudieron coger
con ella: una leyenda. Dicen algunos viejos de por aquí que se metían de a tres
y hasta cuatro tipos en el cuarto con yaque y todos salían risueños, felices
por compartir cama con yaque la licuadora, yaque el helicóptero, yaque la boca
e tobo. Esos eran los motes que hicieron de mi progenitora un verdadero ícono,
una prócer de los cuerpos sudados, las mamadas más elevadas y los polvos más cósmicos
que pudieran haber sentido esos pobres hombres acostumbrados a estar rodeados
de sus mujeres, encerrados por vidas simples y amarrados a estas tierras y a
estas paredes de bahareque como presos
de una maldición vieja como mi abuelo.
Pero esa historia, o leyenda de la que según el pueblo
y mi abuelo fue mi madre la contaré después. Él nunca habla de mamá, lo
avergüenza el tema y yo prefiero no tocárselo para no molestarlo, es mejor así.
Fue él quien me enseñó a matar borregos, ovejas, becerros, vacas, chivos y
cochinos, creyendo que me hacía un bien. De ahí viene lo de quebrantahuesos, de
mi talento precoz en dar palazos mortales y destruir osamentas a tanto animal
me ponían en el potrero para matar. Recuerdo que yo era un carricito de apenas
12 años y aparentaba como veinte cuando mi abuelo me empezó en el arte de
destrozar cabezas de animales.
Lo primero que
me dijo fue que no los mirara a los ojos, porque si no estos me iban a
perseguir todo el tiempo y no iba poder dormir. Un día me pidió que le zampara
un toletazo a Pancha María, una vaca negra con manchas blancas como las que
salen en las propagandas y las películas que era de tío Francisco. Es de
hombres decir la verdad, y lo cierto es que tenía mucho miedo y deben saber que
el primero de los toletazos es el más difícil. El asunto fue que se me ocurrió
hablarle bajito y mirarla a los ojos y lo que vi fue algo peor que la tristeza
de un hombre, fuera como si sus pupilas reflejaran la seguridad de que jamás
podría ver a sus becerritos, una conciencia de la muerte de la que nosotros
nunca seríamos parte. No sé, eso de que los animales no tienen sentimientos lo
estoy dudando desde ese día. Dejé caer mi primer intento y la pelé, dudé en
levantar el palo otra vez pensando que yo no había nacido para eso, que lo mío
era la tierra, los sembradíos de yuca y de auyama. Pero mi abuelo me veía
mucho, como preguntándome quien iba hacerlo después que él muriera, su mirada
era la confirmación de que heredaría ese oficio.
Me subí bien los
pantalones y me quité la camisa y sacando fuerzas, que hasta entonces no sabía
que tenía en mi cuerpo de adolescente más bien tirando a joven, casi adulto. Mis
brazos sujetaron el tolete y con los ojos cerrados lo deposité entre los ojos de
Pancha María y ésta cayó de lado con todo su peso sobre la tierra produciendo
un sonido seco, un golpe casi mudo sobre
la tierra pelada. Abrí los ojos y alcancé a ver un reguero de polvo que se
levantaba del cuerpo del animal. No vi la sangre ni el gran bulto inerte, para mí
no era un orgullo haber matado una Pancha María de trescientos kilos que luego se
comerían gente que vivía en la ciudad.
Esa semana no
dormí, ni la otra, ni la que le siguió a esa, y tampoco la que vino después.
Sus ojos me perseguían y mi abuelo me decía que me dejara de tonterías, que
Pancha María estaba contenta en el cielo de las vacas y que más bien le había
hecho un favor, que me echara un baño mientras él me preparaba un guarapo de
valeriana para hacerme una cura de sueño,
a ver si se me quitaba esa cara afantasmada que tenía desde la segunda semana
después de mi estreno. Dormí como cuatro días seguidos y el sueño además de ser
un gran alivio pareció borrarme el arrepentimiento, pero los ojos del animal nada
ni nadie jamás los podrá borrar.
Al final me terminé
acostumbrando, e igual mataba terneros que cochinos, cabras y borregos, para mí
eran sólo bultos que se movían al llegar y luego del golpe de gracia ya no.
Meros sacos de carne, tripas y grasa a los que había que destrozarle la cabeza con
un sólo toletazo para el prosperar de la hacienda. Sin embargo, los ojos de Pancha
María siempre me acompañaban y yo recordaba la verdad trasmitida, pero sólo por
momentos, luego volvía a reiniciar la rutina. A punto de palazo y palazo se fue
instalando en mi corazón un frio terrible que nunca más pude sacar. No me
importaba nada. Lo hacía todo como si fuera una máquina. Y sólo hasta hoy he
decido marcharme, pero eso sí, antes le destrozaré la cabeza a ese viejo loco
que me desgració la vida, y que quien sabe si en realidad es mi abuelo. Ya
hasta eso lo estoy dudando. Renuncié al sobrenombre, no quiero ser el quebrantahuesos,
quiero que me llamen Yaco nada más, o Seferino que es mi nombre natural. Me iré
a un pueblo lejano a aprender otros oficios y a buscarme una mujer a ver si se
me saca este frio que ya he comenzado a sentirlo en mis manos y en mis pies.
Conmigo se irán Pancha María y todos los pobres animalitos que maté. A veces
veo sus ojos cuando sueño y me doy cuenta de que la tristeza de los animales está
más allá de nosotros, más allá de un simple toletazo.
(Del libro de Relatos "El vestidor de Santa Bárbara" 2017)
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